Adios Teruel. Este alma es más debil de lo que yo pensaba

¿Acaso es posible escapar al destino?

No hay nada más emocionante que volver a casa después de una larga temporada en el exilio. Nuestro corazón se llena de felicidad simplemente con pensar en el momento de reencontrarnos con las personas que queremos. Por eso, no es difícil imaginarnos la alegría que embargaba a Diego cuando regresó a Teruel, su Teruel, en busca de una promesa en forma de beso que Isabel le hizo hacía ya casi cinco años.

Cinco años en los que luchó por ella, cinco años en los que en cada una de sus noches Isabel se aparecía en sus sueños animándolo a seguir adelante, a levantarse cada día para conseguir su objetivo. Cinco duros años en el campo de batalla para conseguir las riquezas que necesitaba tal y como marcaban las reglas humanas.

Pero toda esa felicidad se truncó al enterarse, nada más llegar, que su amada Isabel se acababa de casar con Don Pedro de Azagra, que mediante los más rastreros engaños había conseguido llevarla hasta el altar. La angustia atenazó su corazón negando la realidad, corriendo hasta Isabel pidiéndole el beso prometido, un beso que borrara su tristeza, un beso que espantara la muerte que le rondaba, un beso que los convirtiera en uno y no en dos medias almas condenadas a suplicar un beso. Un beso que Isabel le negó al ser mujer casada, y que le condujo directamente a la muerte. Un beso negado que hizó cumplir su destino, del que no pudieron escapar Diego e Isabel, y que tal y como predijo Simonica la partera, era un
amor que perduraría hasta la eternidad.

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