A Isabel de Segura la deciden casar con don Perdro de Azagra en las Bodas de Isabel. Amantes de Teurel

Un segundo que dio lugar a una leyenda

Un segundo, un sólo segundo a veces marca la diferencia entre la esperanza y la desesperación. Un segundo que cambió el destino de dos jóvenes enamorados. Ese pequeño espacio de tiempo en el que nadie sabe qué es lo que pasó por la cabeza del padre de Isabel para conducirla a un enlace que ella no deseaba. Una lanza clavada directamente en su corazón que le seguía gritando que Diego estaba vivo a escasas horas de que se cumpliese el plazo acordado.

Una boda sostenida por los pilares del engaño, de una mentira que repetida más de mil veces adquirió tintes de realidad. Y aunque nadie vio el cuerpo inmóvil de Diego, y nadie ha podido confirmar su muerte, parece haberse convertido en un hecho en el imaginario colectivo turolense. Excepto en el corazón de Isabel, que seguía manteniendo la esperanza de volver a ver a su amado, saberdor de que continuaba con vida.

Una boda rodeada de intereses, los de la familia Segura y Azagra, que a través de esta unión aumentaban su poder, y los del Concejo que de esta forma se aseguraba que la visita del Rey coincidiera con el enlace y fuera pagado por los Azagra.

Isabel apeló a su honor como mujer para negarse a romper el plazo, gritó, lloró y se resistó a aceptar una boda que únicamente podría traerle infelicidad y desgracia. Pero nada de eso sirvió, y el acuerdo entre su padre y los Azagra se cerró en ese fatídico segundo que cambió su vida y la de su amado y que aunque todos los allí presentes no lo supieran iba a convertir su amor en una leyenda que ha perdurado durante siglos.

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